Copa Davis, Argentina campeón: en Zagreb se armó un carnaval celeste y blanco

Deportes 28/11/2016
Un equipo unido detrás de su estrella, una hinchada que lo hizo sentir como si jugara en casa y un toque maradoniano obraron el milagro de volver con la Ensaladera a casa.
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1 / 2 - Los argentinos levantan los trofeos de la Davis en Zagreb - Foto: Germán García Adrasti

Algo decía que esta vez sería la vez. Lo había dicho Diego Maradona el viernes, en un minidiálogo con Clarín con el estadio todavía semivacío.

Y lo habrán intuido miles de privilegiados compatriotas, que se embarcaron en esta aventura que convirtió al Zagreb Arena, por varios pasajes, en un reducto netamente nacional. En este estadio que anoche todavía latía, y en el que pasada la medianoche solo quedaba la delegación visitante y una parte de la prensa, el deporte argentino escribió una de sus páginas más gloriosas. La Copa Davis, esa Ensaladera tan esquiva que se les negó a grandes tenistas de varias generaciones, viaja al país por obra y gracia de un grupo que llegó con argumentos sencillos y contundentes: un tenista exepcional y un equipo monolítico.

La gente, está dicho, puso lo suyo. Se encontró con un público igual de fervoroso, que fue levantando temperatura en la medida en que sintió que perdía protagonismo. Fue clave para copar la parada con el clásico revoleo de remeras por sobre las cabezas y el “olé, olé, olé, cada día te quiero más”. O para alentar a Del Potro primero y a Delbonis después en ese domingo dramático y de cuento.

Hubo cruces verbales entre croatas y argentinos y hasta algún puño al aire, pero todo terminó con aplausos de reconocimiento y hasta intercambios de camisetas, cuando la cerveza ya había dejado de hacer de las suyas. No era un fin de semana para pelearse, sino para ser actores de una serie inolvidable.

Pero la gente no juega. Ni los afortunados que pagaron miles de dólares por el combo aéreo-hotel-entradas, ni los cientos de miles que armaron su domingo inmenso de desayuno y tele, pastas y tele, facturas y tele. Bien hizo el capitán Orsanic en agradecer a todos. A los de acá y los de allá.

Los héroes son otros. Son estos tres muchachos que entran corriendo a la cancha y se apilan sobre la carpeta azul, ahora que Federico Delbonis acaba de terminar su trabajo ante el gigante sacador Ivo Karlovic con más facilidad incluso de lo que lo hiciera el viernes el mismo Delpo. Leonardo Mayer, Guido Pella y Juan Martín Del Potro, además del héroe de Azul. Son también los cuatro que no formaron parte de la misión Zagreb, pero sí de algunas de las anteriores: Carlos Berlocq, Juan Pico Mónaco, Renzo Olivo, Diego Peque Schwartzman.

Son héroes de esta historia los ayudantes, el encordador, el masajista, los dirigentes. Los tres integrantes del cuerpo técnico. Todos los que se abrazan y lloran y se acercan a tocar y a besar la Copa tan esquiva, esa que cuatro veces había estado tan cerca para terminar yéndose con otro.

Son casi las diez de la noche en Zagreb cuando los argentinos, ya los únicos habitantes de la tribuna ubicada detrás de los bancos, delira con el delirio de sus jugadores. Los nombran de a uno y les ruegan que se acerquen para una foto más, para la penúltima selfie, para un autógrafo... Y se abrazan entre ellos porque, por optimistas que fueran, no terminan de creer lo que acaba de ocurrir aquí en Croacia.

Los héroes son otros. Son estos tres muchachos que entran corriendo a la cancha y se apilan sobre la carpeta azul, ahora que Federico Delbonis acaba de terminar su trabajo ante el gigante sacador Ivo Karlovic con más facilidad incluso de lo que lo hiciera el viernes el mismo Delpo. Leonardo Mayer, Guido Pella y Juan Martín Del Potro, además del héroe de Azul. Son también los cuatro que no formaron parte de la misión Zagreb, pero sí de algunas de las anteriores: Carlos Berlocq, Juan Pico Mónaco, Renzo Olivo, Diego Peque Schwartzman.

Son héroes de esta historia los ayudantes, el encordador, el masajista, los dirigentes. Los tres integrantes del cuerpo técnico. Todos los que se abrazan y lloran y se acercan a tocar y a besar la Copa tan esquiva, esa que cuatro veces había estado tan cerca para terminar yéndose con otro.

Son casi las diez de la noche en Zagreb cuando los argentinos, ya los únicos habitantes de la tribuna ubicada detrás de los bancos, delira con el delirio de sus jugadores. Los nombran de a uno y les ruegan que se acerquen para una foto más, para la penúltima selfie, para un autógrafo... Y se abrazan entre ellos porque, por optimistas que fueran, no terminan de creer lo que acaba de ocurrir aquí en Croacia.

Fuente: Clarín

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